sábado, 23 de julio de 2011

FACUNDO CABRAL


“Murió el poeta, lejos del hogar” reza el poema Cantares del español Antonio Machado. “Si se calla el cantor, calla la vida”, ha cantado Camilo Sexto en uno de sus primeros discos. Estas frases y seguramente muchas otras plasmadas en poesía y música, son aplicables a la súbita e inesperada desaparición física de Facundo Cabral, notable cantautor argentino, filósofo hecho en el camino, defensor de la justicia, observador y buen amigo.

Tuvimos la dicha de conocerle cuando vino a Tegucigalpa acompañado de su compatriota Alberto Cortez, haciendo aquel original espectáculo titulado “Lo Cortez no Quita lo Cabral”. Persona sencilla, de hablar fácil, sin ademanes ni poses de “superstar”, todo lo contrario, un individuo con un notable sentido positivo y simple de la vida, denunciante en sus canciones de los desmanes en contra de la gente común. Irreverente a veces, pero siempre con argumentos, con sapiencia, con gallardía y buen humor.

Tiempo después nos dimos cuenta que le aquejaba una cruel enfermedad, que iba perdiendo gradualmente la vista, esa misma que le permitía ver el mundo, sus contradicciones, las virtudes y los defectos que luego acuñaba en canciones de melodías simples, pero de mensaje profundo. Cómo olvidar sus reflexiones sobre temas diversos, sus consejos para vivir plenamente, para no equivocar el rumbo en pos de riquezas que a la larga nadie se lleva cuando muere.

El fue ejemplo vivo de lo que predicó, siempre errante, aventurero y siempre vestido de jeans, camisa manga larga y un infaltable chaleco que era como su uniforme de trabajo y de vida. Tenemos la impresión que nunca sucumbió a las tentaciones que trae la fama, a pesar que ésta le sonreía.

Cómo no recordar su brillante monólogo sobre los “pendejos” donde señalaba, sin dar nombres, a esos personajes que abundan en nuestra América Latina y que muchas veces vemos pasar en autos de lujo, fotografiados en revistas de sociedad, ocupando puestos públicos de la máxima relevancia. A través de sus palabras nos podíamos desahogar y reir de ellos, en una especie de catarsis personal y privada.

La muerte le sorprendió artera, inclemente, violentamente en un país vecino, Guatemala. Si fue un ataque dirigido a él o dirigido a otra persona, el resultado fue el mismo. Las balas no le pidieron identificación, le cortaron la vida de raíz, lo enmudecieron para siempre, callaron la voz del poeta, pero al hacerlo, lograron que su mensaje nos llegara aún más claro y con más fuerza.

Dicen que “los buenos mueren jóvenes”. Facundo era y seguirá siendo eternamente joven, porque sus mensajes líricos, sus reflexiones y sus agudos comentarios son intemporales y siempre frescos. No sólo seguirán escuchándose por estas generaciones que tuvimos la suerte de verlo en persona, sino por las siguientes que descubrirán tarde o temprano, el valor de sus temas, la vigencia de sus postulados, elaborados con una sencilla guitarra, su compañera de viscisitudes.

La magia de la tecnología moderna, nos permite verle una y otra vez en Youtube, en los DVD de sus conciertos, en CD, en acetato, en solitario y en compañía de otros artistas que siempre le recordarán como un colega sincero y sencillo. En fin, es fácil descubrirle y descubrirle es apreciarlo, no importa edad, nacionalidad, religión o estrato social. Su mensaje seguirá siendo vigente. Su voz cascada seguirá incólume, firme y clara.

Estamos seguros que Facundo está cantando sus coplas en el concierto diario que se realiza en el cielo. Seguro fue recibido por un coro de ángeles que en su honor debe haber cantado “No soy de aquí ni soy de allá”. Adiós Facundo, hasta siempre!